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El 26J y los chupones de los naranjos

El 26J y los chupones de los naranjos

Hay muchas maneras de encajar el resultado del 26J. Entre el arrebato de las filas del PP, el consuelo rabioso del PSOE, la sonrisa congelada de Unidos Podemos y las lágrimas de cocodrilo de Ciudadanos por la injusta ley electoral, yo me quedo con el comentario de un oyente en las mañanas de la SER que, ante la frustración de sus expectativas en las urnas, decidía olvidar los lamentos para volver a su rutina en el campo y ocuparse de arrancar los chupones de sus naranjos.

Siguiendo esta metáfora al más puro estilo “Mister Chance”, podría decirse que la espera de Rajoy ha sabido interpretar estas segundas elecciones esperando que las leyes de la naturaleza campestre decantasen a su vez el voto de la naturaleza humana. Como todo buen agricultor sabe, los chupones son brotes vegetativos nuevos que nacen en la parte interior del naranjo aprovechando los espacios que se crearon en el momento de la poda, así que cuanto más severa sea la poda, mayor número de chupones tendremos. Si la poda no se realiza, los chupones te quitarán agua, pero no tanta como para no recoger tus naranjas.

Rajoy podrá tener muchos defectos, pero lo que nadie puede discutirle es una gran sabiduría sobre el paisanaje español, curtido ya en todo tipo de inclemencias físicas y políticas. El pueblo español no es ese que nos muestran algunos medios y periodistas diabólicos, que pintan un panorama desolador plagado de corruptos y herido por la desigualdad. El pueblo español al que Rajoy se dirige está lleno de personas sencillas, muchas de ellas carentes de ideología, pero aferradas a una rutina que cada día necesita apoyarse en certidumbres sencillas, como la imagen de un rebosante campo de alcachofas. Estas personas pueden sentirse escandalizadas por la corrupción, sobre todo si el precio de las alcachofas también baja, pero ese enfado nunca será más grande que el temor a los cambios bruscos de temperatura.

Para estas personas, humildemente conservadoras con el trato que la vida o su particular Dios les ha dispensado, Rajoy es ese señor de provincias paciente y ceremonioso, conocedor de lo delicada que es la siembra y lo desagradecidas que pueden llegar a ser las cosechas. El veterano hombre de campo avisador de nevadas y borrascas y en el que muchos han confiado cuando el Brexit amenazaba tormenta.

Como el buen agricultor, Rajoy sabe también que no todos los chupones son malos y que siempre hay que dejar algunos para regenerar el árbol o alguna rama partida. Estos no tienen porqué beber del mismo agua que el resto de la plantación, se podría decir que son chupones carentes por completo de ideología. Ni siquiera saben que están siendo utilizados para fortalecer el tronco y las ramas, pero crecerán generosos y a la sombra, eternamente agradecidos a ese buen hombre que les regala el agua justa que necesitan para seguir prosperando.

Algún día los libros de historia retratarán a Rajoy como algo más que el sexto presidente de la democracia y le dedicarán páginas a esa habilidad innata para predecir el tiempo y para saber mejor que nadie cuando y cómo hay que arrancar los chupones de los naranjos.

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